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Editorial

Cuando la corrupción deja de escandalizar: una reflexión al pueblo de Guinea Ecuatorial


publicado por: Crispin Mba el 27/05/2026 17:55:13 CET

Hay algo profundamente preocupante cuando un pueblo comienza a convivir con la corrupción como si fuera parte natural de la vida. No ocurre de un día para otro. Ninguna sociedad se acostumbra al sufrimiento, al abuso del poder o a la injusticia de manera inmediata. Todo sucede lentamente, casi sin que las personas se den cuenta. Primero llega la decepción. Después el cansancio. Más tarde el miedo. Y finalmente aparece algo todavía más peligroso: la resignación.

Guinea Ecuatorial es un país inmensamente rico. No solo por el petróleo o los recursos naturales que posee, sino también por la inteligencia, la fuerza y la capacidad de su gente. Durante años se nos ha repetido que somos un país bendecido, y es verdad. Sin embargo, para muchos ciudadanos esa riqueza nacional contrasta dolorosamente con la realidad cotidiana que viven numerosas familias. Basta recorrer barrios, escuchar conversaciones sencillas en la calle o mirar las preocupaciones diarias de la población para darse cuenta de que existe una herida silenciosa dentro de la sociedad: la sensación de que el país tiene mucho, pero el pueblo recibe poco.

Y es precisamente ahí donde nace una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿cómo hemos llegado a aceptar como normales situaciones que en otros tiempos habrían provocado indignación? ¿Cómo puede ocurrir que personas acusadas constantemente de corrupción, abuso de poder o enriquecimiento excesivo sigan siendo admiradas, defendidas o consideradas imprescindibles? La respuesta no es simple, porque detrás de este fenómeno no hay solamente política; hay miedo, costumbre, frustración, dependencia y una profunda fatiga social.

Cuando un mismo sistema dura demasiado tiempo, las personas terminan adaptándose a él psicológicamente. Nos hemos adaptado a la familia Obiang a su dictadura y a su corrupción. La costumbre tiene una fuerza enorme. Lo que antes parecía inaceptable acaba pareciendo inevitable. Poco a poco la corrupción deja de verse como una traición al pueblo y empieza a considerarse simplemente “la forma normal de gobernar”. Entonces aparecen frases que todos hemos escuchado alguna vez: “todos roban”, “así funciona la política”, “mejor este que otro peor”, o “al menos hace algo” Caso Teodoro Nguema Obiang, cuando sabemos todos que lo que hace es paripé. Detrás de esas palabras muchas veces no hay verdadera convicción, sino cansancio. Son frases nacidas de una sociedad que, después de tantos años, empieza a dudar de que el cambio sea posible.

Pero también existe otro elemento muy fuerte: el miedo. Un miedo silencioso que rara vez se expresa abiertamente, pero que condiciona la vida de muchas personas. Miedo a hablar demasiado, miedo a perder oportunidades, miedo a quedarse fuera del sistema, miedo a las consecuencias de pensar diferente. Cuando una sociedad vive mucho tiempo bajo presión, aprende a callar incluso cuando reconoce las injusticias. Y el silencio prolongado termina convirtiéndose en costumbre colectiva.

A todo esto se añade la fascinación por el poder. En sociedades donde hay muchas necesidades, el poder puede llegar a convertirse en una especie de símbolo absoluto de éxito. El dinero, la autoridad, los escoltas, los privilegios, las grandes casas o los vehículos de lujo impresionan fácilmente a una población que lucha diariamente por sobrevivir. Entonces algunas personas empiezan a admirar no la honestidad, sino la capacidad de acumular poder y riqueza, el poder conducir un coche de alta gama. Poco a poco la corrupción deja de percibirse como un problema moral y empieza incluso a confundirse con inteligencia, habilidad o fuerza.

Y ahí aparece uno de los mayores peligros para cualquier nación: la pérdida de claridad moral. Porque el daño más grave de la corrupción no es solamente el dinero que desaparece. Lo más grave es lo que destruye dentro de las personas. Destruye la confianza en las instituciones, destruye la esperanza de los jóvenes, destruye la idea de que el esfuerzo honesto vale la pena. Cuando un niño crece viendo que quienes triunfan son quienes manipulan el sistema o abusan del poder, termina aprendiendo que la honestidad no sirve para avanzar en la vida, sino la corrupción, las sinvergüenzadas y el enriquecimiento rápido.

Ese es el momento en que una sociedad comienza a enfermar profundamente, porque la corrupción deja de ser solamente un problema político y se convierte en una crisis moral y cultural. Allí estamos: Guinea Ecuatorial está profundamente enferma.

Guinea Ecuatorial necesita mucho más que infraestructuras, discursos oficiales o símbolos de modernidad. Necesita recuperar el sentido de la dignidad colectiva. Necesita volver a creer que un país puede construirse desde la justicia, la verdad y el respeto al pueblo. Ninguna nación puede desarrollarse verdaderamente cuando la mayoría vive con miedo, cuando la crítica se convierte en un peligro o cuando la riqueza nacional termina beneficiando únicamente a una pequeña parte de la población, es decir, a la familia de la primera dama y los amigos de Nguema Obiang.

A veces parece que nos hemos acostumbrado tanto a sobrevivir que hemos dejado de preguntarnos cómo vivir realmente como pueblo. Y quizá eso sea lo más doloroso: haber reducido nuestros sueños colectivos a simplemente resistir. Sin embargo, ningún pueblo está condenado para siempre a vivir atrapado en la resignación. La historia demuestra que los cambios comienzan cuando las personas recuperan la capacidad de pensar críticamente y de hacerse preguntas incómodas.

Amar a Guinea Ecuatorial no significa callar sus problemas ni justificar todo lo que sucede. Al contrario. El verdadero amor por un país nace del deseo sincero de verlo mejor, más justo, más humano y más digno. El patriotismo no consiste en obedecer ciegamente, sino en querer que la nación avance moralmente y que sus ciudadanos puedan vivir con libertad, esperanza y dignidad.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos qué tipo de país queremos dejar a las nuevas generaciones. Si queremos enseñarles que el silencio es más importante que la verdad, que el poder vale más que la honestidad y que la corrupción es algo inevitable. O si, por el contrario, queremos ayudarles a construir una sociedad donde el respeto, la justicia y la responsabilidad colectiva vuelvan a tener valor.

Porque ningún pueblo pierde su dignidad de golpe. La pierde lentamente, cuando deja de creer en sí mismo y acepta como normal aquello que en el fondo sabe que está mal. Pero también es cierto lo contrario: una nación puede empezar a recuperarse cuando sus ciudadanos despiertan nuevamente su conciencia y recuerdan que merecen mucho más de lo que durante años han aprendido simplemente a soportar.



Fuente: opinion

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Véase también la declaración sobre el uso de seudónimos

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