Una vez más, Teodoro Obiang Nguema Mbasogo ha vuelto a representar una escena que Guinea Ecuatorial conoce de memoria. Rodeado por un gobierno que acababa de presentar su dimisión en bloque, el presidente lanzó una dura reprimenda contra quienes, en teoría, han sido los encargados de ejecutar las políticas de su régimen. El diagnóstico fue demoledor: el proyecto político trazado por el PDGE no habría alcanzado ni el diez por ciento de sus objetivos.
Las palabras de Obiang no dejaron espacio para la ambigüedad. Habló de estancamiento, de falta de dinamismo, de ausencia de resultados. Acusó a sus ministros de no haber contribuido al desarrollo del país, de permanecer impasibles ante los problemas nacionales y de haber permitido que la corrupción sustituyera al esfuerzo y a la gestión. Llegó incluso a afirmar que el gobierno de épocas pasadas fue más activo en momentos mucho más difíciles que los actuales, cuando Guinea Ecuatorial dispone de recursos económicos infinitamente superiores.
Escuchando sus declaraciones, cualquiera podría pensar que se trata del discurso de un líder opositor denunciando las miserias de un régimen agotado. Cualquiera podría creer que quien habla es un crítico feroz del sistema político ecuatoguineano. Cualquiera podría imaginar que se trata de un dirigente recién llegado que descubre, horrorizado, las carencias de una administración ineficaz.
Pero no.
Quien pronuncia esas palabras es el mismo hombre que lleva más de cuatro décadas concentrando el poder absoluto del Estado. El mismo hombre que ha nombrado, destituido y vuelto a nombrar a prácticamente todos los responsables políticos del país. El mismo hombre que ha supervisado cada gobierno, cada ministro, cada secretario general y cada primer ministro desde hace generaciones.
Ahí reside la gran contradicción del discurso presidencial. Cada vez que un gobierno es sustituido, Obiang recurre al mismo ritual. Descalifica a sus colaboradores, denuncia la falta de resultados, lamenta la corrupción, censura la ineficacia y se presenta como un observador indignado de una realidad que, paradójicamente, él mismo ha creado. Después, una parte considerable de esos mismos responsables regresan a puestos de poder, ocupan nuevas responsabilidades o continúan formando parte del engranaje político del régimen.
La pregunta es inevitable: si los gobiernos son tan malos, ¿quién los ha elegido durante más de cuarenta años? Existe un proverbio fang que resume magistralmente esta situación: “Si el abuelo discute con el primer nieto, con el segundo y con el tercero, el problema no son los nietos; el problema es el abuelo”.
La crisis de Guinea Ecuatorial no puede explicarse únicamente por la incompetencia de ministros o directores generales. El problema es estructural. El problema es un modelo de poder construido alrededor de una sola persona y de una sola familia política.
Durante décadas, el Estado y el poder han terminado por confundirse. Las instituciones dejaron de ser concebidas como herramientas al servicio de la nación para convertirse en extensiones de una estructura de lealtades personales. La meritocracia fue desplazada por la fidelidad. La capacidad quedó subordinada a la obediencia ciega. El debate desapareció bajo el peso de la unanimidad obligatoria.
En semejante sistema resulta imposible formar una verdadera élite administrativa. Los dirigentes no son seleccionados por su capacidad para transformar el país, sino por su capacidad para adaptarse a las reglas de supervivencia del régimen. El resultado es un aparato estatal incapaz de renovarse, incapaz de corregirse e incapaz de generar liderazgo autónomo.
La paradoja es devastadora. Obiang exige dinamismo a funcionarios cuya principal obligación ha sido durante décadas no destacar demasiado, sino gritar por el PDGE. Reclama iniciativa a personas formadas en una cultura política donde la iniciativa puede interpretarse como una amenaza. Exige resultados a una estructura diseñada para preservar equilibrios de poder antes que para resolver problemas nacionales.
El propio presidente reconoció la falta de avances en sectores estratégicos como la diversificación económica o la producción agropecuaria. Sin embargo, esos mismos objetivos aparecen en discursos oficiales desde hace décadas. Los planes cambian de nombre. Las promesas se reformulan. Los congresos se suceden. Los eslóganes se renuevan. Pero la dependencia económica permanece prácticamente intacta.
El problema tampoco puede separarse del papel desempeñado por el PDGE. Después de tantos años de hegemonía absoluta, el partido gobernante parece haber perdido cualquier definición ideológica reconocible. No moviliza a la sociedad en torno a un proyecto nacional claramente identificable. Su función principal ha terminado siendo la preservación del poder existente. Cuidar a Obiang y su poder, porque si lo pierden el poder ellos vivirán somo ratas, es la concepción de gobernar que fluyen en la mente de los pedegistas, nunca entienden que ante un cambio de poder, pueden seguir ejerciendo sus ideologías politicas.
Cuando una organización política deja de ser un instrumento para transformar la realidad y se convierte exclusivamente en un mecanismo de conservación del poder, el inmovilismo deja de ser un accidente para convertirse en una consecuencia inevitable.
Por eso las críticas de Obiang contienen una ironía difícil de ignorar. El presidente denuncia precisamente los defectos que han florecido bajo el sistema que él mismo ha presidido durante más de cuatro décadas. Critica la falta de eficacia de una maquinaria diseñada por él. Condena la ausencia de resultados de dirigentes seleccionados por él. Se declara insatisfecho con las consecuencias de un modelo político construido bajo su autoridad absoluta.
La cuestión fundamental ya no es si el gobierno saliente ha fracasado. La cuestión fundamental es si un sistema que lleva décadas produciendo los mismos resultados puede seguir atribuyendo sus errores a los mismos subordinados de siempre. Y lo que es más, si alguien en su sano juicio cree que este gobierno puede dar ya solución a los inmensos problemas el país
Porque llega un momento en que la responsabilidad deja de estar en quienes ejecutan las órdenes y pasa a recaer sobre quien diseña las reglas del juego.
Y después de más de cuarenta años en el poder, resulta cada vez más difícil sostener que el problema de Guinea Ecuatorial es únicamente su gobierno.
El problema es el sistema. Y el sistema tiene nombre.
Fuente: opinion