Cada año en esta fecha, diez de diciembre, asistimos a cierta proliferación en los medios de comunicación de declaraciones, artículos e incluso editoriales para recordarnos que fue tal día como hoy, del año 1948, cuando la Asamblea de la ONU aprobó la declaración de los Derechos Humanos, lo que se entendió por aquel entonces como un paso fundamental en la historia del planeta.
Han transcurrido por tanto, 58 años, más del promedio de vida de cualquier habitante de países donde la pobreza, el hambre, la injusticia llevan asentadas décadas, siglos, sin que se hayan producido (o vislumbren) cambios, para salir de tan desesperanzada situación. Sin embargo, lo que sí se observa es la sempiterna actitud de los que pueden cambiar este panorama desolador sólo con desempeñar sus cargos de forma independiente y justa en la Organización que elaboró la tan traída y utilizada Declaración Universal, exigiendo a todos los Estados el escrupuloso cumplimiento de sus contenidos y que en una gran mayoría son violados sistemáticamente sin que se pongan medios enérgicos y firmes para evitar dichas violaciones.
No pretendo hacer un pormenorizado análisis del funcionamiento de la ONU, pero sí referirme en concreto a la eficacia de su recién estrenado Consejo –antes Comisión- de Derechos Humanos, a cuyas sesiones he asistido en varias ediciones y que me ha permitido vivir muy de cerca su forma de actuación. Como muestra, podemos tomar los resultados de su gestión en casos como Guinea Ecuatorial, país al que evaluó durante más de 20 años con suspensos reiterativos. Lo sorprendente es que en 2002 y sin que se hiciesen progresos, es más, cuando se registraba una de las mayores campañas represivas hacia la oposición, se pusiera punto final a la labor desarrollada por el relator nombrado por la Organización y que conllevaba la anulación, también, de todo tipo de investigación y denuncia a las sistemáticas violaciones que se perpetran en el país africano. ¿Cómo se puede entender esta postura de quien hoy en diferentes medios nos habla de combatir la pobreza como punto de arranque para respetar los derechos de las personas cuando él era el máximo responsable de la ONU en el momento de exonerar, dejar a su libre albedrío, sin un seguimiento apropiado, necesario, a un Estado cuyo comportamiento represivo hacia la población estaba suficientemente probado y documentado?
Es lamentable comprobar que el contenido de la Carta, cuya puesta en marcha se conmemora hoy, escasamente se cumple. Yo no celebro está efemérides. Sí lo haría si se partiera por exigir a todos los gobiernos la verdadera consolidación de la democracia y para ello se contara con un sistema de justicia igualitaria para todos, sin discriminaciones, sin bulas de adhesión, partidistas o económicas. La negación de esas elementales premisas nos llevan a la pobreza, terreno abonado para que los dictadores puedan perpetuarse en el poder; la pobreza, caldo de cultivo para poner en práctica la anulación de todos los derechos de una población; la pobreza, consecuencia de la enfermedad del cuerpo y la mente; la pobreza, esgrimida por los dictadores para justificar la miseria en todos los aspectos en la que se debate la mayoría de la población. Ello es posible por la hipocresía de gobiernos e instituciones que son conscientes que el resultado de la explotación de los recursos del país no llegan a sus legítimos destinatarios, los ciudadanos. Pero callan y son permisivos con el que utiliza esos recursos como si de un patrimonio personal se tratara. Callan, no condicionan sus relaciones y cooperación al respeto de los derechos humanos…etc., etc.
La demagogia que utilizan los políticos en cosas tan serias como el escrupuloso cumplimiento de los derechos humanos, debería ser contrarrestada por una social civil más activa en la defensa de los mismos. El mayor error de los ciudadanos es limitarse a emitir su voto y dejar hacer sin interesarse de cómo se administra ese patrimonio depositado en los que ejercen la política. La ciudadanía debería ser más estricta en el cumplimiento de sus derechos. La sociedad debe contar con asociaciones, organizaciones independientes de cualquier poder, que no estén acogidas a ayudas, financiaciones que puedan coartar esa independencia. Sólo así se podrían pedir responsabilidades a quienes utilizan los derechos a su conveniencia, en momentos puntuales, sin que se pongan en práctica en muchos lugares de este planeta. Que no nos hablen de cuales son los derechos que le asisten al ser humano: que hagan cumplirlos y condenen a quienes los violan sistemáticamente.
Mientras la ONU se pierda entre despachos, ir y venir y en emitir recomendaciones que no se cumplen, su imagen irá decreciendo a mínimos (como en la actualidad) y tampoco será considerada como garantía de un mundo, una sociedad mejor. Pruebas existen para confirmar sus errores y omisiones. Esperemos que el inmediato relevo y sucesor de un Koffi Annán demasiado permisivo, politizado con la clase dominante, nos revele otra cara de esa organización más independiente y de mayor rigor con la justicia y la verdad.
Rafi de la Torre. (Periodistas Independientes)
Fuente: PERIODISTAS INDEPENDIENTES