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Editorial

Dime de qué presumes y te diré de qué careces


publicado por: Crispin Mba el 23/01/2026 8:05:49 CET

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces” es un refrán popular español que encierra una verdad incómoda pero profundamente humana: aquello de lo que alguien alardea con mayor ostentación suele ser, paradójicamente, aquello de lo que más carece en su interior. No se trata solo de una frase ingeniosa, sino de una radiografía moral del comportamiento humano, válida en cualquier cultura, pero especialmente visible en determinados contextos sociales.

Siempre que nos encontramos con personas engreídas, presuntuosas, excesivamente preocupadas por aparentar, casi siempre se esconde una realidad frágil que solo se revela cuando uno se acerca lo suficiente. Entonces se descubre que esas personas no son ni la sombra de lo que aparentan ser. Esta actitud es, en cierto modo, inherente al ser humano, pero en Guinea Ecuatorial adquiere una intensidad particular, casi estructural. Conviene subrayar, además, que este refrán se aplica en doble sentido: tanto para lo bueno como para lo malo.

La contradicción entre la imagen y la realidad

Presumir no es una simple cuestión de vanidad; suele ser un mecanismo de defensa. Cuando una persona presume de algo —títulos académicos, poder económico, estatus social o influencia—, muchas veces está intentando compensar una carencia profunda, una inseguridad no resuelta o una necesidad constante de validación externa. El alarde es, en el fondo, una confesión involuntaria de lo que te falta.

Vivimos rodeados de personas profundamente inseguras que proyectan una imagen artificial de sí mismas, Teodoro Nguema Obiang Mangue es uno de ellos. Personas con vacíos emocionales que intentan llenarlos construyendo una vida falsa, temerosas de enfrentarse a lo que realmente son o a lo que realmente no tienen. Por eso, no resulta extraño comprobar que quienes más presumen del saber, del tener o del poder son, precisamente, quienes menos poseen de todo ello en términos reales y sólidos.

El coche: símbolo de estatus y vacío interior

Permítaseme un ejemplo sencillo, pero revelador. Hace tiempo compré un coche. No me gusta conducir y, dado que mi trabajo no está lejos de casa, suelo ir a pie. El coche permanece casi siempre en el patio. Mi hermano, en cambio, disfruta enormemente conduciendo y se ha apropiado del vehículo hasta tal punto que, cuando necesito usarlo para viajar con mi familia a Mbini, Cogo o al interior del país, tengo que discutir con él para que me “preste” mi propio coche. Mi mujer, tras tantas situaciones absurdas, ha llegado a pensar que el coche no es mío.

Analizando su comportamiento, comprendí que para mi hermano el coche no es solo un medio de transporte: es una extensión de su identidad. Al volante se siente “más persona”. No tuvo la oportunidad de acceder a la formación que yo tuve ni al tipo de trabajo que desempeño, y aunque tiene un nivel de vida digno, necesita pasear en un coche de cierta categoría para impresionar a vecinos, amigos y conocidos. ¿Por qué? Porque vivimos en una sociedad que prioriza la fachada antes que los cimientos.

En Guinea Ecuatorial solemos pintar y decorar los muros exteriores antes de amueblar el interior de la casa. Nos preocupa más lo que se ve que lo que sostiene. Nos gusta aparentar lo que no somos, embellecer lo visible mientras dejamos que el interior se pudra. Como canta Johnson Killer cuando habla de los cargos, el problema no es tener, sino vivir para que los demás vean que supuestamente tenemos.

El país como escaparate

Esta lógica de la apariencia se refleja perfectamente en la gestión del país. Guinea Ecuatorial se blanquea de cara al exterior con inversiones millonarias, mientras se desangra por dentro en pobreza estructural. Un viajero que aterriza en Malabo queda impresionado por un aeropuerto moderno, comparable a los de muchos países occidentales. Pero basta avanzar unos metros para que la ilusión se desvanezca: no hay tiendas, no hay productos nacionales, no hay servicios básicos propios de un aeropuerto internacional.

Las cintas de equipaje están abarrotadas de personas que no han viajado; hay controles policiales innecesarios, desorden, tensión y maltrato. La experiencia termina convirtiendo la admiración inicial en frustración y rabia. Toda esa infraestructura, pensada para impresionar, fracasa en lo esencial: servir dignamente a las personas.

Hospitales sin médicos, hospitales sin enfermos

Lo mismo ocurre en el ámbito sanitario. Nadie puede negar que existen hospitales con infraestructuras llamativas, muchas de ellas construidas por empresas chinas. Edificios modernos, quirófanos equipados, salas relucientes. Pero cuando uno entra, se encuentra con un silencio inquietante: no hay médicos, no hay personal, no hay pacientes. Son museos de aparatos médicos sin vida.

Mientras tanto, las clínicas privadas —chinas, coreanas u otras— están abarrotadas de población. Los hospitales públicos, recién inaugurados y equipados, permanecen vacíos. ¿Por qué? Porque al gobierno le interesa alardear de infraestructuras para ocultar la ausencia de un sistema sanitario real. Un hospital sin médicos es solo cemento; un centro de transfusión sin sangre es una burla cruel.

Aquí no se construye país, se construyen negocios. Se inflan precios, se blanquea dinero del petróleo, se reparten contratos entre familiares y allegados del poder. Aeropuertos sin aviones, universidades sin estudiantes ni profesores, hospitales sin enfermos: el desarrollo entendido como fachada, no como bienestar.

Carreteras, peajes y abuso

El sistema de carreteras nacionales merece un análisis aparte. Los peajes son abusivos y absurdos. En Guinea Ecuatorial se paga incluso para acceder a los aeropuertos, sin opción gratuita para dejar o recoger pasajeros. Eso no es gestión: es expolio. Pero ese tema, por sí solo, merece otro artículo.

Presumir de incivilidad

Entramos ahora en el terreno de las costumbres y del carácter social. Resulta surrealista que en pleno siglo XXI haya personas que se alardeen de ser “salvajes”. Según la Real Academia Española, salvaje es quien vive al margen de la educación y de las normas sociales. ¿Cómo puede alguien presumir de su propia incivilidad?

Orinar en la calle, hacer necesidades en plena vía pública, sin pudor ni higiene, y luego alardear de ello, no es una anécdota: es un síntoma. Quien presume de eso carece de educación, de respeto y de conciencia social.

La cola como acto de justicia

Guardar la cola es un principio básico de justicia, orden y equidad. Respetar turnos es reconocer al otro como igual. Sin embargo, hay quienes creen que su tiempo vale más que el de los demás. Llegan, se saltan la fila y, cuando se les llama la atención, presumen de cargos y títulos.

Paradójicamente, suelen ser personas vinculadas al poder, quienes deberían dar ejemplo. Su conducta revela exactamente lo contrario de lo que presumen: falta de educación, de valores y de humanidad.

La violencia como falsa demostración de fuerza

Las peleas, tan frecuentes y tan normalizadas, son otro ejemplo. No hay honor ni victoria en una pelea. Siempre pierden ambos. La violencia es una expresión de impotencia emocional, no de fuerza. Quien presume de cicatrices presume, en realidad, de su incapacidad para resolver conflictos de manera civilizada.

El idioma como herramienta de vanidad

El lenguaje, cuyo fin principal es comunicar, se convierte a menudo en un instrumento de alarde. Hablar un idioma que el interlocutor no entiende no es inteligencia: es vanidad. Cambiar el acento, hablar rápido, usar términos innecesarios o lenguas locales para excluir a otros es otra forma de presumir de lo que, en el fondo, no se domina del todo.
Conclusión

“Dime de qué presumes en Guinea Ecuatorial y te diré de qué careces, hermano” no es solo un refrán: es un espejo incómodo en nuestra sociedad. Cada alarde revela una ausencia. Cada ostentación delata un vacío. Como individuos y como sociedad, necesitamos menos fachada y más contenido, menos apariencia y más verdad. Porque un país, como una persona, no se construye desde lo que muestra, sino desde lo que realmente es.



Fuente: reflexión

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El contenido de los artículos publicados no refleja necesariamente la opinión de la redacción de guinea-ecuatorial.net
Véase también la declaración sobre el uso de seudónimos

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