Los gobiernos represores recurren sistemáticamente a campañas de descrédito contra la oposición. Al no disponer sus políticas de argumentos convincentes tratan de apagar la llama del deseo de cambio a través de un modelo degradado de existencia: Reconocen la podredumbre que subyace al sistema pero dicen que la oposición lo haría peor. También son reincidentes en los discursos públicos antididácticos. El ejemplo más ilustrativo de ello es el atrevimiento del genio del mal, “el falso lasaliano”, de redefinir el concepto de dictador.
Sin embargo, sorprende la cantidad de veces que una línea de opinión desarrollada y sostenida por determinados grupos de la oposición sería suscrita sin objeción alguna por los agentes de la opresión. El debate sobre los escaños es pertinente, desde el punto de vista de la efectividad de las estrategias del “desafío político” que supone la oposición real contra las dictaduras. Es, incluso, también de interés heurístico. Pero ha de llevarse a cabo en un marco de integridad emocional, críticamente bienintencionado.
No incurrimos en Perogrullo si recordamos que las dictaduras, tal y como las conocemos hoy, son (necesariamente) también desvergonzadas dictaduras parlamentarias. De ello se reclama la urgencia de dejar de pensar la democracia como una realidad elemental, cargada de simbolismos, para orientar la atención en su carácter funcional. Sentenciar de “traidor” o de “colaboracionista” a un partido que, haciendo acopio de grandes dosis de valor, ha decidido extender la oposición que mantiene en la calle a un estadio distinto como sería el Parlamento, en el que desarrollaría una actividad que no entraría nunca en contradicción con el “desafío político”, es, sencillamente, una forma de hacer oposición contra la Oposición, tarea a la que se han apuntado aquéllos que han establecido una relación de proporcionalidad directa entre el fracaso de la oposición interior y la legitimidad de la oposición en el exilio. La oposición interior es corrupta. Si hay oposición en el interior es porque es corrupta. Y en eso hay un parecido razonable con el afán de la dictadura de desacreditar a la oposición y vaciarla de contenido virtuoso.
El punto en que la práctica de la oposición en el interior, y de manera más concreta, su participación en el parlamento y en las elecciones alcanza el “colaboracionismo” con el sistema no está nada claro, toda vez que las agencias de calificación en materia de derechos humanos, democracia y buen gobierno siguen testimoniando la evolución regresiva del brutal régimen en sus rankings. ¿No cabe pues suponer que la acción de la oposición crítica constituye (también en el parlamento y en las “elecciones”) una referencia demostrativa inequívoca de la falta de voluntad del régimen del cruel Teodoro, el “falso lasaliano”?
La cuestión no es, estimados compañeros, no al parlamento (no a las “elecciones), como si esa posición conllevara una solución mágica. Además sabemos de sobra lo contraproducente de las políticas o estrategias de aislamiento o de abandono. Lo dicho en este punto es aplicable, de manera oportuna, al reciente viaje de la delegación parlamentaria. Lo que daría cobertura a la dictadura no es el viaje en sí, mas bien, los motivos (ocultos o no) del mismo. Todos convendríamos en que un viaje de una delegación parlamentaria española para conocer la situación en las cárceles de la dictadura (por ejemplo) no sería legitimador.
La cuestión, en definitiva, es ver en qué grado ha podido influir en la mengua (o congelamiento) de la oposición que realmente interesa, la de la calle, la del acercamiento “subversivo” al pueblo, la participación en el parlamento. La cuestión es tomar un nuevo impulso y reorganizar las fuerzas de bien de la oposición en una acción más enérgica y representativa, para acabar con la dictadura y su promesa de un futuro todavía más incierto, representada en la amenaza Teodorín, el “hijo tonto” del dictador.
Fuente: Propia