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Editorial

Despreciar a los periodistas, y a los tratados firmados, ha sido una constante en 2006 en muchos Estados africanos, denuncia Reporteros Sin Fronteras en su rapport anual


publicado por: Association de la Presse Equatoriale Guinea el 01/02/2007 15:37:02 CET

La mayoría de estos países han firmado multitud de tratados, garantizado las libertades civiles y políticas. Casi todos asientan su poder en Constituciones que protegen la libertad de expresión. Pero, como en Guinea Ecuatorial o en el reino de Swazilandia, donde al jefe del Estado se le considera un semidios, esos compromisos tienen poco valor para los gobiernos que manifiestamente desprecian, no solo a los periodistas, sino incluso a su firma...
La mejor arma para luchar contra el desprecio es la paciencia. En Africa, los gobiernos que desprecian a los periodistas, o que no conceden ningún valor a lo compromisos adquiridos, viven a la defensiva. Su poder acaba por pulverizarse. Los apoyos escasean. Los golpes son cada vez más dolorosos. Las dictaduras terminan por caer, los periodistas por salir de la cárcel. Por eso, para dejar que respire un país que se ahoga, lo más urgente es devolver su libertad a la prensa.

BAJO EL SIGNO DEL DESPRECIO


Despreciar a los periodistas, y a los tratados firmados, ha sido una constante en 2006 en muchos Estados africanos. Gobernar con desprecio y represión es, especialmente desde 2001, una costumbre de las autoridades de Eritrea, que mantienen al menos a 17 periodistas en secreto, en una de las espantosas cárceles diseminadas por el país. Después de que algunas informaciones fiables dieran cuenta de la probable muerte de tres de ellos, la reacción de las autoridades de uno de los países más cerrados del mundo fue lacónica : “No hay comentarios”. Son muchos quienes, entre los últimos periodistas que quedan sin ser detenidos, han intentado huir de un país por el que algunos habían luchado en la guerra de independencia, y que ahora les trata como a enemigos. En la vecina Etiopía, una veintena de directores de periódicos, y sus redactores jefe, continúan encarcelados y acusados de “alta traición”, tras apoyar la contestación de los resultados de las elecciones de mayo de 2005, junto a la oposición. Ni el clamor internacional, ni las protestas de sus aliados occidentales, han conseguido doblegar al gobierno del Primer Ministro Meles Zenawi, que intensificó las declaraciones desdeñosas sobre los presos. Entre ellos, hay una mujer encinta que dio a luz un niño en la enfermería de la cárcel. En Somalia, los periodistas fueron molestos testigos de una guerra hecha de desinformación y mentiras. Se vieron detenidos, golpeados o asesinados sin miramientos. Con todo, los tribunales islámicos y el gobierno de transición se han atrevido a presumir de respetar la libertad de prensa, a pesar de dar un trato particularmente brutal a los medios de comunicación, con un desprecio que nada ha sido capaz de quebrantar.
Incluso en Kenia, la gran democracia del Este de Africa, un periódico fue el blanco del desprecio de un gobierno acorralado, teniendo que sufrir una espectacular irrupción de la policía y las declaraciones hostiles de varios oficiales. En Uganda, al comienzo del año, el gobierno de Yoweri Museveni mantuvo un estricto control informativo durante el período electoral, llegando incluso a expulsar a un corresponsal extranjero que, está claro, no podía ser otra cosa que un “peligro para el Estado”. Fue también el desprecio por la información lo que llevó al gobierno de Sudán a acusar, por dos veces, de espías a algunos periodistas extranjeros que investigaban las masacres de Darfour. Rehénes durante algunas semanas de un Estado presionado por la comunidad internacional, solo les pusieron en libertad tras negociaciones políticas, demostrando la falta de peso de las acusaciones. Finalmente, Zimbabue sigue siendo uno de los países en que resulta extremadamente penosa la profesión de periodista. Porque, no contento con exigir que todos los profesionales estén registrados, fichados y vigilados por una comisión orweliana, el gobierno zimbabuense intenta por todos los medios silenciar a los medios de comunicación que no le cantan loas.
A veces, como en Tchad, la libertad de prensa es un logro que el gobierno no duda en cuestionar, cuando considera que esta en juego la seguridad nacional. Los patrones de la prensa tchadiana, teniendo que enfrentarse a movimientos rebeldes poco inclinados a la trasparencia, también se ven obligados, a causa del estado de excepción, a publicar los periódicos cruzados de franjas negras que les impone la oficina de censura, según el leal entender de algunos funcionarios obedientes.
A veces, el desprecio se manifiesta en el poco caso que prestan a la prensa quienes detentan el poder político, o económico. Así, el período electoral fue muy difícil para la prensa de la República Democrática del Congo, ya afectada en el pasado por una legislación aberrante, aplicada con celo por una policía y una justicia gangrenadas por la corrupción. Hay que decir que algunos periodistas de Kinshasa no están exentos de reproches, cuando se pliegan servilmente a las órdenes de algunos generosos donantes preocupados por salpicar a sus adversarios, o cuando se transforman en soldaditos de los tenores de la política. Manipulable o vulnerable, el reportero es una presa fácil para los políticos ávidos de poder. Esta triste evidencia fue, también en 2006, la regla en Nigeria donde la policía, los servicios de inteligencia o, de manera general todos cuantos llevan uniforme, probaron un maligno placer al atacar físicamente a los periodistas que no les gustaban.
Una impunidad que persiste
Por decimosegundo año consecutivo, en el oeste del continente, el presidente de la minúscula Gambia Yahya Jammeh, continuó tratando a los periodista con una agresiva condescendencia. Sus todopoderosos servicios de inteligencia detuvieron y maltrataron al menos a diez periodistas, cerraron manu militari dos periódicos y amenazaron a todos quienes, de cerca o de lejos, estorbaron a su jefe absoluto, el Presidente de la República. Se trata simplemente de humillaciones suplementarias para la prensa gambiana, que está obligada a vivir y trabajar con el recuerdo del asesinato, que permanece impune, de su decano Dayda Hydara, al que mataron en dudosas circunstancias en 2004. En Burkina Faso hace ocho años que los periodistas llevan luto por Norbert Zongo, asesinado junto con tres compañeros en 1998. Mientras que numerosos elementos acusan a la guardia presidencial y al hermano del Jefe del Estado, François Comaporé, la justicia burkinesa, claramente influenciable, se atrevió en pleno verano, y casi a escondidas, a sobreseer al principal sospechoso, dejando constancia de la indiferencia de las autoridades ante la sed de justicia de la familia del periodista. En Costa de Marfil, los profesionales de los medios de comunicación que optaron por no alinearse con ninguno de los beligerantes, fueron sus blancos predilectos. En enero, y por segunda vez en dos años, los “Jóvenes Patriotas” atracaron los medios de comunicación públicos, para sostener y organizar sus motines en las calles de Abidján. Por intentar hacer de la radiotelevisión pública un ejemplo de servicio público, al periodista Kebe Yacouba le llenaron de insultos y amenazas, antes de que le despidiera brutalmente el presidente Laurent Gbagbo. La familia del periodista franco-canadiense Guy-André Kieffer, secuestrado en Abidján en 2004 y desaparecido desde entonces, vive en medio de este clima particularmente poco propicio para que avance la investigación de la justicia francesa.
Los gobiernos que a sabiendas mantienen en sus legislaciones penas de cárcel para los delitos de prensa pueden manifestar a su antojo el desprecio que sienten por los profesionales de la información. El fácil pretexto de la “responsabilidad” de los medios de comunicación, en el caso de que alguna vez se utilice de buena fe, ha enviado a la celda a más de un periodista, al acercarse a cuestionar la integridad de los poderosos. El ejemplo más sorprendente de esa desproporcionada lucha entre un periódico y un gobierno ocurrió este año en Níger, cuando el director y el redactor jefe de un periódico de oposición pasaron más de cuatro meses en la cárcel, por criticar la política del Primer Ministro. Cuando algunos gobiernos, secundados por la policía, la justicia y la administración penitenciaria, atacan a los periodistas, la lucha es desigual. En Burundi, en 2006, el jefe del partido presidencial Hussein Radjabu, un personaje poderosos y controvertido, no ocultó que detesta a las radios privadas, culpables según él de criticar sus abusos y las manipulaciones que ha instigado. Varios periodistas optaron por marcharse del país, para ponerse a buen resguardo. En cambio, cuatro profesionales de los medios de comunicación no tuvieron tiempo de darse cuenta de que, de la hostilidad verbal, las autoridades iban a pasar a la acción. En consecuencia, pasaron varios meses en la cárcel, antes de salir en libertad.
Sin embargo, la mayoría de estos países han firmado multitud de tratados, garantizado las libertades civiles y políticas. Casi todos asientan su poder en Constituciones que protegen la libertad de expresión. Pero, como en Guinea Ecuatorial o en el reino de Swazilandia, donde al jefe del Estado se le considera un semidios, esos compromisos tienen poco valor para los gobiernos que manifiestamente desprecian, no solo a los periodistas, sino incluso a su firma.
Pocas promesas cumplidas
Por todas estas razones, Reporteros sin Fronteras no puede más que sentirse satisfecha al comprobar que un gobierno africano ha mantenido sus promesas. La Junta Militar de Mauritania, en el poder desde 2005, se comprometió a garantizar la libertad de prensa, reformar su legislación, respetar el equilibrio de las fuerzas políticas en período electoral, liberar a la prensa pública de una presión excesiva del ejecutivo y tratar a la prensa independiente como colaboradora en el desarrollo. Y lo hizo en 2006.
Y sin embargo no hay que pensar que el continente africano es solo un ensamblaje de tiranías o democracias aproximativas. Especialmente en la zona de influencia de Sudáfrica, Namibia y Bostwana garantizan una libertad de prensa satisfactoria, llena de lagunas pero relativamente comparable a la que existe en las democracias occidentales. Lo mismo ocurre en las islas o los archipiélagos africanos, como Mauricio, Sao Tomé y Príncipe o Cabo Verde, que parecen remansos de libertad a lo largo de un continente atormentado. También las Comoras están saliendo, poco a poco, de los años de plomo. Y es también el caso de Mozambique donde, y se trata de un hecho lo suficientemente raro en Africa como para subrayarlo, les ha caído una grave condena a los asesinos del periodista Carlos Cardoso, al que mataron en 2000 cuando investigaba un escándalo económico de gran envergadura.
La mejor arma para luchar contra el desprecio es la paciencia. En Africa, los gobiernos que desprecian a los periodistas, o que no conceden ningún valor a lo compromisos adquiridos, viven a la defensiva. Su poder acaba por pulverizarse. Los apoyos escasean. Los golpes son cada vez más dolorosos. Las dictaduras terminan por caer, los periodistas por salir de la cárcel. Por eso, para dejar que respire un país que se ahoga, lo más urgente es devolver su libertad a la prensa.



Fuente: REPORTEROS SIN FRONTERAS | ASOLPEGE_Libre

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